2011-02-20

Ojo en el suelo

Así como la vegetación, las esculturas o la fauna semihumana distinguen los espacios muertos de otras ciudades, son los desniveles atroces los que hacen las delicias del parque donde estamos. Es de noche; nos hemos citado para una charla largamente postergada. Bebemos. Nuestras piernas cuelgan sobre un soberano abismo. Ella no ha traído su cámara: se me antoja que estuviera tuerta, tal es mi creencia en la pérdida de su visión binocular por el abuso de la mira reflex de la máquina. Pero no me sorprende, ¿qué podría tomar en esta hermosa oscuridad? Lo natural aquí es respirar el aire frío y cortante, contemplar la Vía Láctea, chupar como si se fuera a acabar y darse el lujo de mear y no oír como el chorro salpica contra el fondo.

Y darse manija, claro.

Me dice, reuniendo frases truncas y descolgadas, pistas, indicios que dejó caer durante meses, que perdió la mano. O el ojo. Que ya no se da cuenta de las cosas, que ya pasó su momento, que le es lo mismo planificar, encuadrar y decidir que darle a la perinola: que ya no es fotógrafa, sino una impostora equipada con sus fierros y su reputación, que ya le va quedando pesada, inmaniobrable. Querría poder irse al mazo y dar de nuevo, pero no puede, no se reconocería, no es para ella ese engaño.

Se despide, echando un trago atrás del otro.

Se deshace su decisión de tirar todo al demonio en nostalgias y comparaciones odiosas. No se pierde del todo, sino que se retrae, como la marea. Pero no tardará en volver. La miro a los ojos. Sabe que yo no estoy mejor arraigado en la vida, y que no tengo más camino que un empedrado de buenas intenciones, huecas sin una voluntad que las sustente, insensatas sin la habilidad que las vuelva reales. Me devuelve la mirada. Nos entendemos.

Saltamos.

Labels: ,