2011-01-30

No escribas

Es fácil de decir. Es fácil de hacer, si nos exigen, si nos exigimos, decenas de emails y mensajes de texto. La droga de mantenimiento que amansa a quien sería escritor es hoy de venta libre.

En una época de separación forzada, comenzamos con las cartas, los diarios íntimos pero compartidos, y el resto de la parafernalia literaria del amor.

Respuestas, decía el otro día. ¿A qué preguntas?

Implícitas, si presentes: más bien, gestos que buscaban un eco. Si el eco se demoraba, eventualmente llegaba la hora de sondear amablemente al otro, de buscar la seguridad animal de que no se estaba solo todavía.

Con la extraña delicadeza* que caracterizó todo desde el principio, llegamos a pasar años sin buscar ciertas respuestas. Hasta que cada cual se rebeló por su lado, según su naturaleza, y salió a cazar y recolectar lo que el mundo tuviera a bien ofrecer: problemas, aventuras, desastres, inversiones de tiempo, dinero y materia gris, clavos, chapas que se llevó el viento y, en definitiva, enfermedades y muerte.

Al día de hoy todavía creo que unas charlas, personales o escritas, hubieran hecho todo el ángulo de diferencia en una bifurcación nefasta. Pero es un experimento que no se ha hecho, y uno no conoce el resultado**, etc.


(*) Compensada por brutalidades inconfesables, si deliciosas.

(**) Milstein.

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