2010-04-16

Que el último apague la luz

Encorvado sobre una vela, que mancha un libro (que vachaché, se raspa: los de biblioteca se leen en la plaza), tratando de dar por incomprensibles los ruidos con los que las tripas se diría quieren llenar el vacío de la noche (ignorantes, hace un frío horrible, pero delicioso a los ojos que nunca se hartan de estrellas)... en tan típica situacion, sólo me falta matarme una pulga.

Ahí está. Ahí rajó.

Gracias, Tirana. (¿Qué comés, para criarlas tan gordas?)

En algún lugar, a otro le estará yendo considerablemente peor. No me quejo con legítima razon, sino por deporte: porque puedo. El otro es de lo más probable que no halle el tiempo en su día para una despotricada en regla.

No me pidan que cabecee, no a esta hora, no cuando en un rato desciendo al purgatorio nuestro de cada día, el que me enseña con sangre las paradojas de los oficios seculares.

Y no me pidan que imagine, no en este estado, que lo que entregó su almita torturada cuando me disponía a cenar no fue un transformador, no fue la termomagnética del tablero consorcial, sino un humilde fósil de fusible que suponía puenteado con alambre chanchero desde que tuve uso de razón.

Aj, me he llenado los pantalones de arena. Y la gata no ha de andar lejos.

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