2009-11-01

Alusivo

Pongamos por caso que el año que viene estés por cumplir los diez y ocho. Y que tus viejos hubieran estado viviendo en América del Norte, sobre la costa atlántica, pasando del paralelo 40. En ese caso, a lo mejor, y sólo a lo mejor, seas hijo de tus padres y de la Tormenta Perfecta, también conocida como la tempête parfaite, Ocho, Sin Nombre o Grace Reanimada.

Eso es esta noche para mí. Viento, lluvia, inundación, oscuridad repentina, y vaya a saber qué más. No saber si se va a llegar a mañana (o saber), si todos los cabos sueltos no se reúnen en un no que abarca el horizonte y golpea y deshace, qué o quién cederá primero, cuánto va a doler, cómo se van a aguantar los gritos y los llantos.

Es cierto, a veces hay finales felices. Pero son efímeros. No importa qué tan asesino sea el mundo, nunca faltan comedidos que lo ayudan e incluso lo suplantan cuando la tierra es generosa, el aire está en calma y se disputa por un quítame allá esas pajas.

Una lista desordenada, tendenciosa y demasiado breve, para no olvidar:

  • El citado extratropical.
  • Los años de dos tablitas en este artículo, cuyos títulos empiezan por Most intense y Largest, no puede perderse.
  • Furaçao Catarina, que los senos llorosos de nuestra madre nos valgan.
  • Nieve donde no la había.
  • Hielo que no, donde antes sí.
  • Y, cómo no, una extinción masiva*, que no parece otra cosa que el remate del trabajo que empezamos cuando le dimos el toscazo de gracia a los mamuts.

(*) ¿A quiénes recordar, entre el tendal? ¿A ranas y sapos, voto a Aristófanes?

Agradézcole a un pajero, comentarista en un weblog meteorológico, que me hizo calentar: que sus hijos, si alguna loca o tarada se los incuba, tengan que ganarse el sustento abriendo túneles en las arduas rocas lunares.

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