2009-04-06

Se te ven las partes

Ser p*ndejo, entre otras taras, implica tener patas para arriba las ideas sobre el precio y el valor de la vida.

El recién llegado a los graves asuntos del mundo, tras breve consideración, decide que la vida tiende a no valer un pito. Le bastan unos pocos casos de sacrificios inútiles y prédicas en el desierto para consolidarse en tal pesimismo. No pide segundas opiniones.

Pero, a la vez, no tiene noción de lo barata y precaria que es la existencia. Infla estos valores, los de cambio, hasta lo ridículo. Es un clásico el encontronazo entre un viejo aparentemente cínico, que cuenta cada centavo --los que gastó y los que calcula le van quedando-- y el imberbe que pone todo por las nubes. Éste piensa en eternidades inmutables; aquél, en ruinas y fósiles --y en contrabando y subastas.

El riesgo de la madurez es la necrofilia, un interés obsesivo y excluyente por todo cuanto es irrecuperable. En su forma de adicción sublimada, vuélvese conspiración de silencio, como tanta patética perversión que halla alguno para quien es el colmo de la exquisitez.

Y el riesgo de la juventud, claro, es una contradicción incandescente entre pertenecer en cuerpo y alma a la reacción, y vestir sedas modernas. Por la fama baila el mono --o por un buen mareo.

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