2009-04-06

Que vuelva la colimba

Tenés un problema. No un desequilibrio, un déficit o exceso, un desorden o desencuentro, sino un paquete: un bípedo implume que complica y gasta*. ¿Que hacés? ¿Cooperás o traicionás?

Podés ponerte las anteojeras e ignorarlo, en bloque o bien selectivamente**, como un buen Realpolitiker, con una hipocresía despojada. Podés derrochar generosidad y condescenderlo, con cualquier grado de compromiso o tolerancia. Podés condenarlo, opción siempre popular y barata. Podés demostrarle gratitud por lo que te enseña: eso da muy buena prensa en ciertos círculos. Podés empatizar con la bestia, entrar en su circulo más íntimo, e intentar cambiarlo desde adentro. Podes descubrir su parte de razón y convertirte en un cómplice voluntario, público y certificado --¿quién no se ha patinado los mejores años de su juventud agotando un tal error?--. Finalmente, podés darlo por muerto, con o sin correlato objetivo, y dedicarte a una necrofilia fiel o traidoramente revisionista.

Ah, el encanto de lo irrecuperable, de lo que se ha escapado a una rama alternativa de nuestra siempre insuficiente realidad. Se volverá sobre esto, o en todo caso se lo reclamaremos a los que hubiéramos sido.


No tengo una categoría lumpen. ¿Debiera?

(*) Las reservas materiales o morales. A la larga son interconvertibles: el quebrado es buen pasto para los vicios.

(**) Es un buen tipo, a pesar de X --para cualquier valor de X. El ateo cree en un dios menos que la norma, y el honesto se vende una sola vez.

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