2008-12-24

Una larga despedida (XLVII)

A riesgo de sonar --a oídos de un experto en víctimas-- como candidato a la práctica del pugilato doméstico, debo sentar varias posiciones. Por ejemplo: las mejores chances de que pueda sostener un diálogo sin recurrir a los ladridos las tenés cuando llevo más de veinticuatro horas de vigilia, y eso siempre que venga cuidando la curva de dosis de la medicina. O: las desapariciones significan no respondo de mí; y las que afectan a compromisos importantes, no podrías pagar el precio. Incluso que las demostraciones de debilidad que exceden el punto de la sobrecompensación agresiva implican un serio riesgo autodestructivo.

Hace mucho que no queda más vía de comunicación abierta que la de la brutalidad, y ambos sabemos que, con sólo existir como opción, me incapacita para pedirte un vaso de agua. Eso no puede sino engendrar asimetrías insostenibles, que niegan la naturaleza misma de la relación.

¿Hay algo que no esté viendo, detrás del espejo?

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