2008-10-28

Nueve de la tarde

(La necesidad de privacidad es evidente, pero no remite a intimidad, sino a vergüenza.)

El árbol seco, único en el pedazo de cuadra, ve, pero no opina. Un controlador de semáforos sudafricano chasquea y zumba esforzadamente. Nos envuelve la voz sin cara y procesada de una idiota que cree que puede sacar de Sweet Child o'Mine algo más que lo que Axl Rose pudo (levante, real y virtual, por ejemplo). Hablando de alcoholismo, hay una cerveza barata y aguada sobre la mesa, que manifestaría escepticismo sobre nuestros tibios brindis, si no fuera tan estúpida.

(En privado las palabras pueden ofrecer una superficie atacable, pero en una situación social son amenazas que deben ser neutralizadas.)

Una amiga me escucha despotricar, ya no recuerdo sobre qué (me repito; si me recordara el aburrimiento acabaría con mi escasa salud.)

(Todos tienen su precio, todos son persuadibles en alguna instancia, no necesariamente la última.)

El mundo, alrededor, trabaja y suena hacia alguna forma de derrumbe. No nos molestamos en sostenerlo, sino en preparar, más o menos conscientemente, listas de supervivencia.

(La incompatibilidad es un crimen, mencionarlo una acusación, el arreglo que pretendés no me es transparente, prefiero consumir mis amenazas ciertas y claras, y bajarlas con un café adicionado.)

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