2008-05-11

Escuchado por ahí (L): Ni en dos ni en cuatro

Si una ronda de discusión relajada y exploratoria se polariza entre dos o tres, y me veo obligado a excluírme, es raro que no busque alguna víctima a la que polarizar a mi vez, alargando el momento de las chispas tanto como se pueda.

--Che, ¿qué son esos?

--Dados. Ése tiene doce caras, este otro veinte.

--¿Y para qué se usan?

--Hay un juego de simulación, una especie de cadáver exquisito en primera y segunda persona, donde cada tanto hacen falta elementos de azar...

Le explico, con más o menos detalle, lo que es una campaña, qué hace un dungeon master y desde dónde opera, cómo se crean personajes, en qué situaciones uno desconoce lo que ha sucedido hasta que no genera un número desde el 1 a cuanto corresponda. Le refiero brevemente que existen distintos sistemas de reglas, universos, estilos de mitopoiesis.

Me sigue la corriente, hace las preguntas esperables, me desvío un poco para referirle las anécdotas de incomprensión escéptica y demonización interesada. Eventualmente, volvemos al rol del master. Me busca la hilacha teológica. Le insisto que, en tanto dios, es tanto o más sirviente que amo, pero no hay caso.

--Prefiero no jugar con un dios, siempre uno lleva las de perder.

Horas más tarde, me figuro cuál es su real objeción a estas prácticas: está convencido de que vive sometido a un tirano invisible e invencible, y si huye a un mundo fantástico, prefiere que sea uno carente de tales molestias o amenazas. (O esperanzas, ¿quién sabe?) Un creyente a palos, y no más: uno que por insistir en no creer en nada, tomó por un atajo, cayó en una emboscada, y terminó creyendo en todo --aunque los nombres entre los que divide ese amplio conjunto sean tan limitados como el resto de su vida.


Era una de esas mañanas silenciosas, de luz suave, mandadas a hacer para la autocrítica radical. ¿Qué le voy a hacer si no me da por ahí?

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