2007-12-29

Que le estará pasando a esta historia, que se destroza porque sí

(Ahora que lo pienso, qué lindo título para un post en Antes de la lluvia, o una columna de la contratapa del Página. Casi diría que me siento generoso --es fácil serlo con lo ajeno, ¿no, Jorge?--, pero pienso en el memory hole* en que se ha convertido esta Red siniestra, y se me va.)

Confesaré que entre los contratos implícitos violados y yo hay algo personal. Vean este fragmento de la segunda parte de Fundación e Imperio, de Asimov:

El "hangar" kalganiano es una institucion sui generis, surgida de la necesidad de albergar las cantidades de naves traídas por los visitantes extranjeros, y la necesidad consecuente y simultánea de alojamientos para éstos. El avispado que dio con la solución obvia se hizo millonario (...)

El "hangar" se desparrama sobre (...) el territorio; la palabra no llega a describirlo adecuadamente. Es (...) un hotel para naves. El viajero paga por adelantado y se asigna a su nave una dársena desde la que puede partir cuando lo desee. El visitante vive luego en su nave como siempre. Dispone, claro, de los servicios hoteleros normales: suministros alimentarios y médicos a precios rebajados, mantenimiento de la nave en sí, abonos para transporte terrestre.

De esto resulta que el visitante consolida sus cuentas de hangar y de hotel, ahorrando. Los dueños de las tierras alquilan su uso temporariamente, a gran beneficio. El gobierno recibe una saludable renta en impuestos. Todos se divierten. Nadie pierde. ¡Sencillo!

Suena bárbaro, ¿no? O sonaría, en una sociedad donde el grado de desarrollo fuera consistente con... naves interestelares aptas para moverse en una atmósfera. Naves personales, encima. En una civilización galáctica, tomen nota, donde la automatización avanzada, si la hay, está escondida en las fábricas --que no parecen ser en nada distintas a las de nuestro siglo XX-- y, lo que es más, constreñida a máquinas individuales, no repartida por líneas de montaje integradas.

Contándolo, voy tomando nota de la clase e intensidad de la suspensión de la incredulidad que la historia exige. Se nos pide redondamente que creamos en la magia, aunque se la rotule con nombres tecnológicos: al no seguir la lógica de supervivencia y desarrollo de la tecnología en el mundo que conocemos, simplemente no lo es.

Como la dicha operación es eminentemente simple (¡aunque no debiera!), el Buen Doctor sigue siendo legible para una parte del fandom de CF que aún no se ha desvanecido, y en la que me incluyo; pero en la medida en que hay otros ejemplos de mejor artesanía para la construccion de mundos, su audiencia tiende a desvanecerse.

Y --convengamos-- la construcción del mundo en que se ambienta una historia fantástica no es un detalle sin importancia. Lo sería si, en una típica maniobra deshonesta de escritorzuelo, se nos guiñara el ojo para indicarnos que no debemos tomar en serio lo que vemos, que es una apariencia apresuradamente pergeñada para vestir algo más importante. No tienen la suerte de poder acogerse a tales trucos quienes constituyen la vanguardia entre los escritores de CF: son prisioneros voluntarios de una compulsión hacia el realismo. Deben hacer un esfuerzo de buena fe por tender un puente, improbable pero no del todo intransitable, entre la realidad que conocemos y la que nos muestran, o sufrir las molestas consecuencias de la acumulación de cadáveres de lectores en el fondo de un abismo que ya no es simplemente maloliente, sino fuente de unas miasmas letales.


(*) El más peligroso tipo de agujero, el emboscado: su superficie brilla como la del Sol, pero lo que da con las manos de la luminosidad, lo quita con la de la gravitación. (Un poco de conocimiento es una cosa peligrosa... para un aporreador de teclados, al menos).

Es un ejemplo, ¿estamos? Y no comparto nada con Moorcock, y si critico así es precisamente porque no puedo enviar a Asimov al basurero de la historia de las ideas sin caerme yo también.

Continuará, puedo decir aquí, sin sentir la astilla tan clavada como en otro caso reciente: tengo aún que registrar los bolsillos de Niven, de Clarke, de Heinlein. Aunque, reflexionando, veo que Bob es duro de roer. La culpa, echádsela a Rick Robinson.

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