2007-11-25

Escepticismo (IV): Un aguijón del destino

La invitación insiste en interponerse entre lo que busco y mis fútiles esfuerzos. La miro una vez más. Decido que los inconvenientes de hacerla valer no son tantos, despues de todo he hecho cosas menos prudentes por réditos menores. Una cierta curiosidad morbosa me aguijonea.

Dejo que el resto de mi vida se ordene sola; las rutinas se encargan de las horas, el instinto asesino de los puntos de inflexión. (He tenido peores épocas.) Las obligaciones vienen y se van.

Me despierto sobresaltado de una siesta un tanto tóxica. Una cierta sed me atormenta. Procedo a ignorarla por recurso al equivalente psíquico de las pastillas o los botones. Pasa una hora, consulto el reloj, chequeo la invitación: ya no hay fuerza que me lleve a destino a tiempo para cumplir la cita civilizadamente, y soy enemigo de ciertas discusiones.

Ignorar la sed es mas importante; y si fracaso, siempre puedo atender a lo que me dice mi demonio de la guarda, y salir a procurarme sangre que me la calme por una semana o dos. Y en cualquier caso, en unos días vendrán a cobrarme una libra de carne: las deudas de juego son sagradas, y más para los tramposos como yo.

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