2007-11-19

Escepticismo (III)

Cuando la concentración de irritantes se mantiene baja, descansan los músculos de la mandíbula, y se me duerme el destino. Es un bebé o un gato, todavía no lo decido: es estridente, manipulador, y habitante más de aquél mundo que de éste. Si vigila, me convierte en niñera; es natural que cuando cae, intente reanudar lo que considero mi vida real, tan pronto silenciosa y meditativa como luego cosida de vicios y agachadas.

Entre tanto, mi detestación por los que se borran las cicatrices sigue intacta. (Probablemente ese mismo rasgo sea una cicatriz.) Observar la Luna me inspira: el contraste con esta cruza infecta de habitat, pozo gravitatorio y cámara de torturas no podía ser más amargo.

¿Observar, dije? Más bien, parasitar las observaciones de otros, y deplorar la mayoría de las referencias, interpretaciones o símbolos; el trabajo de pasar en limpio los propios está casi terminado.


Nunca la proyección del terminador tiene menor radio de curvatura que el disco planetario, gentes, dejen de jactarse de nunca haber mirado el cielo, o de que no les haya hecho mella lo que vieron.

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