2007-01-04

Una larga despedida (XLI): La gente sin alma que pierde la calma

--Uff. Por un momento pensé que lo llamabas para chumbárselo al otro.

--¿Eh?

--Para asustarlo. Y por el valor lúdico, claro.

No recuerdo bien su irritada aclaración, pero tenía que ver con reglas áureas u otros especímenes propios del igualitarismo más trasnochado y de consecuencias más semejantes a los opiáceos.

Le repliqué algo acerca del riesgo bien conocido de compartir cama con humanos inmaduros. Y entonces, en un destructivo destello de estupidez, le quise calzar esa perogrullada en la perspectiva oscura y estrecha en la que algunos siempre son más iguales que otros, y así se quedan. La gente no cambia.

--Si estás tratando de decir algo sobre vos, llegás tarde.

--Tarde ¿respecto de?

--De vos mismo, ayer.

No se culpe a la mezcla de deber y placer, ni al deber deseante, ni a los ensordecedores chillidos del instinto. Pero tampoco se espere que nos valgan de nada las noches en vela.

Labels:

0 Comments:

Post a Comment

<< Home