2006-12-03

Noonosologia (III): Datos no es el plural de anécdota

Ante todo, una desusada nota personal: me asombro de seguir aquí, no sólo porque este fue un año un tanto seco (tanto en posts como en el resto de mis asuntos), sino porque hace quince días creí que terminaría mi recorrido por este valle de soretes duros con una gran Pinchevsky.

Habiendo fallado el intento de suicidio, consistente en nada menos que salir en alpargatas de suela lisa a caminar, o más bien resbalar, por un muy liso asfalto mojado, y brillando por su ausencia el coágulo que muy bien pudo haberme deparado el golpe que me supe ganar, demostraré mis peores cualidades: a falta de lesiones cerebrales, desvariaré sobre una desagradable úlcera en los mecanismos de inferencia lógica de la mayoría de la gente*. Esto es lo que podríamos llamar, manoteando por ahí una idea en mal estado, ser desagradecido con lo que la vida me da.

Sin más, procedo a pelar el órgano de disertar**:

Tomemos como ejemplo esta película de Quentin Tarantino, Pulp Fiction. Alrededor de su última media hora, los personajes que interpretan Samuel Jackson y John Travolta intentan, infructuosamente, garronear un viaje a sus respectivos domicilios, las localidades californianas de Inglewood y Redondo Beach. Considerando que la dicha cinta es de culto, sería de esperar que ambos lugares, definidos por otro personaje como más o menos la loma del c*lo, se hayan puesto brevemente de moda, digamos en 1995, quizás un tanto después. Se da el caso de que disfrutaría de disponer de esa información. Lo que de ninguna manera entra en mis expectativas es que conocer una tal fluctuación turística o incluso inmobiliaria me diga algo sobre sociología o la economía yanquis, californianas, etc., ni de esos años ni de otro período. Es un dato infinitesimal, que aislado tiene un valor no menos infinitesimal.

Por tomar algo menos trivial, podemos referirnos a una cierta nave espacial norteamericana que reventó como petardo en 1986. Siendo menos negativos, se sabe que el accidente dice algunas cosas: que tales naves no son por completo seguras, que los cohetes descartables que usan conllevan m´s riesgos que otras de sus partes, y que algunos ingenieros de cierto contratista no cumplieron con su trabajo, o quizás que no los dejaron. Pero aún sumando otros problemas que sufrieron aparatos lanzados y operados por la NASA (Mars Climate Observer, Mars Polar Lander: perdidos en descenso, Hubble Space Telescope: orbitado con un espejo principal defectuoso, Columbia: destruído durante reentrada atmosférica), no podemos deducir mucho sobre cómo cumple, o no, la NASA sus funciones, salvo que a veces son desprolijos (¿y quién no?). Sin embargo, muchos sostienen, acumulando anécdotas --y no metiendo la nariz en oficinas, laboratorios y talleres--, que no tienen una cultura de la seguridad.

Acercándonos a casa, diría que el incendio de República Cromañón, si bien tiene toda clase de marcas sobre sí, no prueba que los inspectores por los cuales bajaron a Ibarra fueran inútiles coimeros, ni que los porteños lleven el descuido por sus hijos al grado de confundir un baño con una guardería. Algo de eso puede haber, pero generalizar ambas aseveraciones es miope (y también es llamar a la desgracia).

Enfriando un tanto los ejemplos, se les dice a las mujeres que si hacen ejercicio, tendrán dolores menstruales menos torturantes. Pero se parece olvidar que el dolor se mide subjetivamente, que la actividad física acarrea síntesis de endorfinas, y los testimonios, igualmente anecdóticos, de las que sufren más cuanto más se ejercitan.

No se ustedes, pero yo me doy por hecho: hay una razón por la cual existe toda una frondosa rama de las matemáticas llamada estadística, y una razón por la cual su correcta aplicación a las ciencias humanísticas y biomédicas hace y deshace reputaciones; y son que no nacimos bien dotados para contar, no sin ayuda al menos, y que nuestra manera intuitiva de desentrañar cadenas causales se hace pedazos cuando la aritmética supera en complejidad las cuatro operaciones básicas (y a veces, sin superarlas).

Nacimos engañados, y tener una cultura también significa aprender que se es culpable --de credulidad o de ceguera, como mínimo-- hasta que se demuestre lo contrario.


Quién les dice esto ayude a convencerme de que un accidente no es prueba de voluntad de morir.

(*) Me incluyo.

(**) Imaginen que es un atril plegable, sobre el que apoyo una libreta minúscula con notas taquigrafiadas.

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