2006-08-05

Una cura de humildad para co*erselas a todas

Ni la muerte ni el dolor me causan excitaciones indebidas. Pero la indignidad, o su amenaza, me vuelve frenético.

Por una semana estuve bajo un peculiar embotamiento, semejante a ver el mundo tras una pared de cristal. Siendo esto no causado por la ingesta de droga alguna o por una condición médica conocida, me causó la inquietud de quien pierde todo control sobre su destino. Me veia, antes de mucho, detrás de puertas que no responderían a mi voluntad.

Esto hasta esta madrugada, en que me desperté en un estado cercano a la normalidad y --aquí viene lo divertido-- con síntomas de alta tension arterial. La conclusión más o menos inevitable se impone, por desagradable que suene: viví por unos días con una circulación cerebral menos que óptima, hasta que algo que comí, tomé o hice incrementó el bombeo y obvió el inconveniente.

Obstrucciones, aneurismas, cáncer... Bienvenido a tu mortalidad, idiota.


De las otras cosas que me mantuvieron lejos de esto, por ahora, mejor no hablar.