2006-03-01

Una larga despedida (XXXII): ¿Qué hay en un nombre?

Mi mujer y yo tenemos, en virtud de nuestros prolongados experimentos de comunicación con inteligencias subhumanas, gran experiencia en una especialidad particularmente desagradable: las peleas sin sentido, o sea, las que surgen, y se mantienen hasta alcanzar fuerza destructiva, por error, y preferentemente por errores estúpidos.

Por fortuna, o por instinto, nunca llegamos a aprender a desactivarlas; por tanto, no nos correspondía ser desafiados, anoche, con un escéptico ¡médicos! ¡curaos a vosotros mismos!. Agarrarse por no escuchar unas mayúsculas fue, de todos modos, la clase de evento que unos registran en una antología de casos clínicos y otros, con semejante fervor, intentan expurgar de toda memoria viviente o mecánica.

En cualquier caso, este post no tratará de eso, sino que será una breve y horriblemente pedante discusión sobre el verdadero nombre, y las legítimas formas de abreviatura, del centro médico que quién sabe si esté, en estos días, recibiendo a mi hija para enderezar el diagnóstico y continuar tratamientos.

  1. Hospital de Niños de La Plata no es particularmente ambiguo, no para un nativo al menos, pero que resuelva de modo confiable no indica que sea su nombre verdadero. Y el día que deje de ser el único, tampoco tendrá ese dudoso beneficio de los nombres locales. Aparte, es frágil; el nativo omite de La Plata y el nosocomio pasa a ser un anónimo Hospital de Niños (o "del Niño", o "Infantil", o "Pediátrico") de algún lugar hispanoparlante del mundo.
  2. Hospital Interzonal de Agudos Especializado en Pediatría "Superiora Sor María Ludovica", puede tener el mérito de la exactitud, pero no el de la concisión.
  3. Hospital de Niños "Sor María Ludovica" es la clásica solución de los periodistas y otros plumíferos locales. Omite la peliaguda indicación geográfica, dejándola a discreción de los usuarios, y evita el lenguaje especializado. Pero sigue siendo largo, incómodo, e impreciso.
  4. HIAEP Ludovica puede ser apropiado para quienes decodifican siglas como ésa, o como HIGA, sin pestañear, pero la impronunciabilidad y el omitir el título de la bienamada religiosa lo hacen doblemente impopular.
  5. Por supuesto, siempre habrá quienes, confiando en el folklore local, omitan toda referencia a lo secular y digan, con devoción e incoordinación, el Sor María Ludovica. A buen entendedor, invitarlo a la quema de herejes.

Por cierto, si decimos, para los de Avellaneda, Fiorito y Finocchietto*, ¿por qué no? ¿Porque la monja en cuestión no tenía títulos académicos o habilitantes?

Pues bien, me digo, hora de ir pensando qué nombre le impondremos cuando hagamos la revolución, para adular a alguna facción anticlericalista que no sepa mirar más allá de su nariz.

Por ahora, entre amigos será el Ludovica; siempre puedo adornarlo si quedo en presencia de algún católico recalcitrante, que quedará encantado de ver como me concentro en lo esencial.


(*) Discreto rasgo de gorilismo onomástico.

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