2006-03-22

Un color sucio

El cineasta de pacotilla vuelve a las andadas. Es el mismo que, si tengo una noche de sabado porteña, me ahoga en una marea de cerveza (no, no creo que sea una imagen telepática); el mismo que reflota o inventa episodios vergonzantes, sumergiendome así en profundidades de las que salgo con un severo caso de desmembramiento espiritual por descompresión explosiva; el mismo que, hoy, me retrotrae mas de diez años, al polvo (silíceo, abrasivo) en suspensión, a toda la desagradable gama de los amarillos, ocres y naranjas, y a un fragmento argumental, seguramente mal recordado, para un cuento escrito a pedido, en el que artefactos semejantes a Árboles de la Tierra Negra bajaban a nuestro pago y nuestra época a implementar medidas de oscurecimiento psíquico contra raids aeroespaciales*.

Y no es que su vulgaridad estética se extienda hasta lo técnico. Cita y parafrasea, en los cinco sentidos y en neuromodulación, con la soltura y precisión con la que Kubrick filmaba. En particular, ahora me está paseando por una cantera, pero una cantera infestada de paños sembrados de mercaderias dudosas y de parrillas y fogones. El olor a guiso de sobras (¡calentita la lata, un cobre, calentita!) me asfixia. Y todas las caras que veo se parecen a un pariente de alguien que conozco. Y la luz que no es de leña es de querosén y camisas bañadas en torio.

¿No podés dejarme en paz, hijo de p*ta? Me tomó hasta 1997 y Dune reconciliarme con la arena. Y no es como si tuviera tanto tiempo para otra cura, a esta altura de la vida.


(*) No puede ser que la única reliquia autónoma de la Gran Guerra Interestelar sean los berserkers de Saberhagen.

Esto aparte, debiera sugerirle a un vecino imprimir tablas de conversión de tiempo de cocción versus altura bonitamente presentadas, para ciertos mercados turísticos.

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