2006-03-13

Escuchado por ahi (XXXVI): No es vida, en el agua

Me fue acompañando hasta el otro lado del barco, llámese como se llame, hasta que vimos las cañas. Había dejado un intervalo cómodo para que dos se asomaran por la borda. Alumbró con un buscahuellas y señaló vagamente con una mano semiabierta, un gesto retórico.

--Ya no nadan, vea. Se quedan enganchaditos, algunos hasta mordisqueando las líneas, los que no agarraron cebo.

Eso es lo que veía el, claro. Yo imaginaba los fragmentos de pensamientos fluyendo por los nervios, y me daba cagadera: la recompensa universal del turismo de avería.

No, yo ya no engañaba a nadie con el "Viajé a ver...". El viajero tiene, a lo sumo, mapas y algun rumor que va a confirmar; yo tenia planes, contactos, guías, y un hotel administrado por europeos donde descansar. Y más planes dentro de planes, que a veces hasta daban fruto. Pero no aquí.

--Jefe, mire, lo mejor que puede hacer, si no los quiere matar, es... irse y volver lo menos posible --¿Cómo? La tierra firme, o el sur extremo, o vender el barco, o dejarlo con un sereno alcohólico... cada posibilidad le va a resultar una tortura a su edad. Pero me toca buscar la oportunidad, por improbable que resulte. --Estos bichos se han envenenado con algo j*dido, y no es sano quedárseles cerca mucho tiempo.

--Eso ya lo sé. Por eso me he hecho preparar la comida ésta --y señaló de nuevo los tambores.

Bueno, nada, por lo menos la encargó a un tipo que me inspira confianza; no me va a hacer gastar saliva en balde.

--No le puedo decir que no sea lo más generoso con los pobres bichos. Déle, no más. En algun lugar han de haberlos sanos todavía.

Nos despedimos hasta algun día del futuro proximo; le prometí volver para probar el producto de sus destilaciones. Los aromas me decían que el viejo tenia mano para las combinaciones sutiles, y conocía sus alambiques como otros conocen sus tripas.

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