2005-12-26

Una larga despedida (XXVI): Combustible sólido

No, no es un artículo sobre cohetería: mi cámara de combustión no es premoldeada ni descartable. Nunca pude permitirme esas exquisiteces; junto donde puedo, y quemo lo que hay.

Sí, estamos de vuelta con las metáforas ineptas. Que no por ineptas son menos decisivas en mi circulación ideosférica.

Hoy le toca a tío Fritz revolverse en su tumba. Veamos. ¿Es la mente* un estómago? ¿O más bien una caldera?

En el caso que me aflige en los últimos meses, sería deshonesto si identificara el problema de ciertos alimentos como un exceso de celulosa y un defecto de nutrientes biodisponibles, y en cambio tendría mayor fidelidad a los hechos calificar dicho material de leña húmeda**. Corrosión y depósitos de hollín suenan como más cercanos a mi experiencia.

También me sienta mejor el léxico de temperatura de trabajo, ignición, y ciclado térmico.

A veces la transformación de calor en movimiento parece obra de una pesada máquina de vapor, pero en general sólo hay un hilillo de corriente a la salida de una batería de termocuplas, y ay del que me ensucie las aletas disipadoras.

Incluso ya me he hecho a la idea de que me falta el mínimo instinto de supervivencia que interrumpa mi sueño a tiempo para mantener el rescoldo.

¿Podrímos, entonces, dejar de echar amputaciones, biopsias y resecciones --especialmente húmedos sobrantes de vísceras-- a un fuego de tan baja temperatura? (Lepra seca sería otra cosa).

¡Vamos! ¡La bolsa roja te espera!


(*) Psique, espíritu, etc. Si el concepto no está en el Zaratustra, en De tablas viejas y nuevas, realmente no sé encontrarlo.

(**) La degeneración leñosa no existe, que yo sepa, en los mamíferos, pero me es difícil retener el hecho.

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