2005-12-19

Una larga despedida (XXV): Según su color

Soy niño. Estoy aún entre la incomunicación de los sentidos que no terminan de encontrar sus palabras --y viceversa--, y los malentendidos obligados de la socialización que llaman educativa; un limbo que se hace más deseable cuanto más claro resulta que se está acabando.

Vamos en alguna dirección suburbana, por una ruta que no tengo apuro por identificar, en nuestro coche; la otra familia con la que viajamos, en el suyo.

Al salir de la ciudad, la carrocería del otro automóvil, iluminada por un cielo nublado algo discontinuo, da un color que me fascina: pongamos por caso un verde agua. Guiado por el matiz, vuelve el recuerdo de un sueño, me sumerjo en él, y me convierto en un ser desconocido, un extranjero portador de dones y hechizos, un intérprete de lenguas cuya existencia no sospechaba.

Sale el sol, y del metal pintado surge un verde manzana, chillón y pesado. De pronto soy de nuevo un ser rudo, maloliente y adolorido. Siento una presión en los oídos y el vientre, y no puedo decidir si es como la que presagia una tormenta atmosférica o una interior.

Mi primer verdadero aprendizaje data de ese momento. Me forcé a la indiferencia, y cuando ésta amenazaba con ceder, negué que algo hubiera sucedido, y busqué distracciones.

La única otra cosa importante que hube de enseñarme fue que la espera del retorno de las maravillas era estéril, y en cierto modo una traición. Y yo no uso los servicios de traidores.


El que venga a decir algo sobre los niños índigo, aténgase a las consecuencias. Lo mismo el que invoque la sabiduría milenaria de los chamanes nativos americanos de cualquier lugar.

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