2005-12-02

Una larga despedida (XVII), Edición Ecuménica: Del cuidado y la alimentación

Nota
Edición Ecuménica quiere decir que, más allá del encasillamiento de "notas dedicadas a mi mujer antes de que el cáncer la mate", esta puede ser de interés para otros. Interés personal y particular, ¿me sigue? Así que deje de hacerse el b*ludo, como si no le tocara, y lea, que no tiene desperdicio.

Odio la interacción en tiempo real: el trato personal, las llamadas telefónicas, el chat por teletipo, y cualquier otro medio que se les asemeje o venga a reemplazarlos.

La razón es simple, y está relacionada con el dictum de Niven de que todos hablamos en primer borrador. La aplicación original era una simple advertencia para escritores de discursos metidos a dialoguistas; mi experiencia personal es que una especie no se transforma en otra, por mucha educación que se invierta en el caso. Pero me desvío. Mi primer borrador oral, salvo en una de cien oportunidades, es el de un deficiente mental, y eso me repugna.

Quien me haya leído se figurará que mi lugar no está en un taller protegido, no por lo menos por ser intelectualmente incapaz de valerme por mí mismo y ganarme alguna forma de subsistencia. Eso puede ser en alguna medida cierto, pero es más cierto si adopto un estilo de vida de ermitaño y trabajo por cable. Figúrense la magnitud de mis impulsos suicidas: trabajé durante diez años atendiendo computadoras (y a sus usuarios) a domicilio, personalmente. El desequilibrio mental que eso me causó me impide pensar en subsistir con un trabajo de atención al público: el pánico me paraliza, cual si pensara en un enterramiento en vida.

Mi código interno para eso es que soy lento; en términos transhumanistas, soy débilmente subinteligente: si el punto de comparación, segun la costumbre griega, es la inteligencia humana promedio, pueden llamarme débilmente subhumano. O sea, subhumano en el mismo sentido en que la tortuga de Aquiles lo era.

A pesar de sentirme la última m*erda en cada trivial situación de supervivencia social, sigo tratando con la gente (los amantes, los amigos... todos, la entera y pesada pluralidad de la especie), a los golpes, como puedo o me dejan, porque estoy sobresocializado. No los puedo dejar caer, y esa es mi verdadera enfermedad mental: traicionar mi verdadera naturaleza.

Y todo esto, muchacha, te incluye. Sí, a vos te hablo. A la misma que le dije si me necesitás, me vas a tener que aprender a usar; a la misma que rara vez le puedo aliviar su carga sin imponerle otra peor; a la misma que le repito que no hay razones para ser optimistas respecto de nuestro futuro, y sí, muchas, para prepararse para tormentas y batallas sin sentido. A la misma que forma parte de una barrera que se interpone entre mi hija menor y la muerte.

A los enfermitos hay que matarnos a todos, preferiblemente por desguace.


Ahora, Jack, a esto llamo yo un pedido de auxilio. O lo llamaría, si tuviera la intención de aceptarlo.

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