2005-11-26

Una larga despedida (XIV): Si yo te digo...

En enero de este año, cuando este weblog tenía dos lectores (incluyéndome) escribí, más como un gesto que como botella al mar:

... hay un suicidio, que parecera un accidente, en el futuro a mediano plazo de una de mis hijas

La bala con su nombre salió disparada a mitad de noviembre (¿escarlatina?), advertimos el charco de sangre el miércoles a la noche, y la herida, según los matasanos, se llama nefritis. Desde el jueves estamos pasando unos días horribles esperando que la disfunción renal (que dura hasta ahora) florezca en una falla catastrófica.

"Pobrecita", dirán, "cae enferma y el h. de p. del padre le echa la culpa a ella". Pavadas. Le gusta la sangre, propia o ajena (debieran haber visto su cara de fascinación hacia los sachets de las transfusiones), y es evidente que su inteligencia implacable de predador fue por más.

No me molestaría que, como un adicional, hubiera traído de fábrica un instinto de supervivencia de titerote, como el de la madre o el mío.

¿Habrá sido una mutación? ¿Será favorable? ¿Vendrá acoplada con esa clase de suerte que da vuelta todas las chances aunque eso signifique la muerte de millones?


P.S.: Parafraseando a la Gran Emperatriz, "Yo no digo que la burocracia no exista", mientras enfolio y encarpeto otro certificado, "pero yo no le voy a confiar un sólo minuto de mi vida".

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