2005-10-12

Una larga despedida (IX): "Doctora, tuve un sueño..."

Salgo a comprar. A poco de caminar por la calle, advierto que el cineasta berreta con el que convivo en mi azotea mandó poner el filtro color "futuro", el que sería de algún tono de azul si estuviéramos filmando El fin de la Eternidad, pero acá está representado por un matiz fuera de la banda visible. En efecto, hay más torres y locales comerciales que los que recordaba, y menos vegetación. Menos árboles, ante todo: por alguna razón, la gente los odia.

Ya entendí que no habrá violencia explícita. Fuera de cámara, sobreentendida, puede ser, pero no por donde pase yo.

Llego a un almacén de barrio, de los que se arman en garages. El que lo atiende no puede ser un empleado, sino el dueño: mediana edad, canas, boina, overol y camisa. Demora en advertirme, y en ese intervalo recorro con la vista las estanterias: whisky, ginebra, caña, un blanco torrontés, un tinto syrah, agua mineral, jugo de pomelo...

Je, no puede ser, me digo, y empiezo con otra estantería: yerba, té verde, té fermentado, café... todo en las marcas que siempre he preferido. Té de ginseng!

Sigo sin convencerme. El dueño, el demonio, o quien sea, sigue sin levantar la vista de su libreta. Es un anacronismo encarnado: aquí, ahora, debiera haber sido una chica joven o algún oriental secote.

El rincón de limpieza no me alivia: no hay un solo detergente o desinfectante perfumado, de los que aborrezco, pero si jabón blanco, acaroína, lavandina, alcohol, vinagre... El lugar entero podría ser el galpón de mi casa.

Llegado el momento en que el pseudoalmacenero deja de anotar, chequear o hacer tiempo, tengo miedo. Me mira:

¿En que lo puedo ayudar?

Tengo una fracción de segundo para evitar que suceda algo terrible. Apuesto a mi visión periférica:

Jefe, ¿tiene carbón?

No, mire, justamente... ¿por que no se fija allá abajo?

En efecto, donde él no lo puede ver, pero yo sí, hay una bolsa de red de la que sobresalen fragmentos negro-azulados.

No, sabe que no... en fin, otra vez será... buenas tardes. Empiezo a salir, con cuidado de no tropezar, y ya tomando el ritmo de una marcha, que se vuelva trote...

No se vaya, que me han dejado un mensaje para usted...

... que sea una carrera desesperada, por favor.

Me despierto.


--No querés que alguien te conozca tan bien. Especialmente si vos no lo conocés a él.

--Los seres de su clase nunca son transparentes.

--Los de la mía tampoco...

--Es distinto. El amor...

--Peor, mucho peor.


Tenías razón. Tiempo perdido, errores, enemigos. La verdad no ofende, lo que no tiene es remedio.

Labels:

0 Comments:

Post a Comment

<< Home