2005-09-01

Una larga despedida (VI)

Entre sus brazos, miro hacia arriba. Las doce y cuarto.

--Que miras?

--El reloj.

--Y que dice?

--Que en media hora tengo que buscar un telefono. Bah, si es que en realidad anda.

--El reloj de la Torre de los Ingleses siempre funciona.

Frio. Mirada hosca. Se la devuelvo. La desvia, hacia la distancia.

Que le pasa a esta mina, c*ge con el relojero? O sera un venerado pariente, y en cualquier momento me empieza a contar su vida y sus hechos?

Dejo pasar un rato. Nunca llego a decidir que curso tomar, porque ella se levanta, me tiende el brazo, y me lleva, decidida, hacia un punto especifico del verde, que no esta a la sombra. Con el sol rajante que hay...

Nos sentamos. Ella pone a un lado su mochila, y toma la mia para hacer lo propio. La miro, a ver si larga prenda. No, pero tampoco se la ve tan seria ya.

Que mina brava, viejo. No por nada estaba con ese otro enfermo. Y yo que me doblaba de la risa leyendo Sobre Heroes y Tumbas.

Un ruido humedo me alerta. Antes de que pueda hallarlo en mi imaginacion, un aspersor nos esta rociando.

--Ah, zorra, le tenes tomada la hora.

--En efecto.

--Y que tiene eso que ver..?

--Ssh, silencio.

No puedo menos que admirarla por su adaptacion al estilo de vida nomade urbano. Supongo que es un peque#o precio, por otras tantas peque#as eficacias, la adoracion de una multitud de dioses menores.


"Todas las chicas algo zaparrastrosas que no querian ser Alejandra Vidal Olmos, querian ser la Maga" (Abelardo Castillo, en Cortazar: la cercana lejania.)

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